La política y el deporte: Un juego de poder

La influencia del deporte sobre la sociedad ha sido siempre enorme. Desde la Antigua Grecia hasta nuestros tiempos, los deportistas han sido considerados semidioses. Desde Milon de Crotona hasta Muhammad Ali, de Filípides a Usain Bolt, de Magic Johnson a Michael Jordan, de Maradona a Pelé. Superhombres capaces de cambiar el curso de la historia, cuya influencia va mucho más allá de un estadio.

Todos los gobiernos han sido conscientes de ello, y han intentado utilizarlo para sacarle el máximo provecho. Los regímenes autoritarios de principio del siglo XX fueron capaces de ver el filón que suponían los grandes eventos deportivos y quisieron aprovecharlo. El adoctrinamiento era fundamental en un régimen totalitario y ellos sabían perfectamente como llegar al pueblo.

El caso más conocido es el de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, que Hitler diseñó como la apoteosis del movimiento nazi, aunque el atleta afroamericano Jesse Owens le robó el protagonismo al Führer alzándose hasta cuatro veces a lo más alto del podio por primera vez en la historia de unas Olimpiadas.

La importancia de un Mundial

Por su parte, el caso del fútbol es menos conocido por todos, pero no deja de ser muy significativo. Cuentan que cuando Mussolini subió al poder, apenas había visto un partido de fútbol en su vida, pero eso no le impidió valorar todas las posibilidades políticas y propagandísticas que éste podía proporcionarle. Juventud, esfuerzo, trabajo, sacrificio, patriotismo… Valores ligados al fascismo y que tanta relación guardaban con el deporte rey.

Consciente de ello, El Duce se marcó el objetivo de organizar un Mundial. Lo intentó en 1930, pero finalmente se celebró en Uruguay, ganando la competición la propia selección anfitriona. El Mundial de 1934 no se le podía escapar y para ello no dudó en presionar a Suecia, la otra sede candidata, hasta que ésta se acabó retirando de la pugna. Italia celebraría la Copa del Mundo de Fútbol de 1934.

Una vez lograda la organización del campeonato en tierras transalpinas, solo quedaba asegurar la victoria de la azzurra. El formato de la competición consistiría en eliminatorias a partido único, con una prórroga de 30 minutos y la disputa de un partido de desempate en caso de mantenerse el empate tras el tiempo extra. Participarían 16 países, con la baja notable de Inglaterra que, como hizo en Uruguay 4 años antes, se negaría a participar por habérsele negado la organización del torneo.

Italia se llenó de carteles anunciando el evento. No podían fallar. La presión era máxima, y eso se traducía en miedo para los rivales. Desde el palco, Mussolini y toda su corte seguirían las evoluciones de la competición.

Cartel

La Batalla de Florencia

En los cuartos de final, el estadio Giuseppe Berta de Florencia acogió un espectacular España – Italia,  partido que pasaría a la historia como La Batalla de Florencia. Los españoles, liderados por el legendario arquero Ricardo Zamora, eran claramente superiores a los azzurri, y venían de eliminar a Brasil en los octavos de final con un contundente tres a uno. Pero los italianos no se dejaron intimidar, y bajo el lema “Vencer o morir” llevaron el juego al límite del reglamento.

El conjunto español se adelantó con un tanto de Regueiro en el minuto 31, pero poco antes del descanso, los italianos anotaron el empate, tras una clara obstrucción al guardameta español Zamora, que el trencilla belga Lous Baert no señaló.

En la segunda mitad, el juego italiano se endureció hasta el extremo. El duelo terminó en tablas, pero hasta siete jugadores españoles acabaron lesionados y no pudieron disputar el partido de desempate. Entre ellos, la estrella del equipo, Ricardo Zamora, que se llevó la peor parte con dos costillas rotas tras el codazo de un jugador italiano, que ni siquiera fue penalizado como falta.

1934_1

Evidentemente, en el partido definitivo, el conjunto azzurro mantuvo su rácano planteamiento. Cuatro españoles más cayeron lesionados durante el encuentro, ante la pasividad arbitral. España se adelantó dos veces con goles de Regueriro y Quincoces, pero ninguno de estos tantos subió al marcador por sendos fueras de juego inexistentes, señalados por el colegiado suizo René Mercet. Paradójicamente, el gol que dio la victoria al conjunto transalpino no debió haber subido al electrónico, ya que el italiano Demería obstaculizó al portero español Nogués mientras el mítico delantero Giuseppe Meazza empujaba el balón al fondo de la red. Tan polémica fue la actuación arbitral, que el trencilla fue expulsado de por vida del arbitraje, tanto en competiciones internacionales como en su propio país.

 

Sobre Xavier Prats

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Enamorado del deporte en todas sus facetas. Escritor en mis ratos libres. Estudiante de Publicidad, Marketing y RRPP en ESERP. Siempre dispuesto a contar una historia.

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